
En el Manual de Cocina para la Felicidad que ha editado Aguilar, el lector encontrará diversas informaciones de interés y utilidad. En las primeras 80 páginas hay indicaciones sencillas para preparar e ingerir los alimentos de una manera saludable, así como una breve introducción a la historia y a los conceptos generales del budismo, una filosofía de vida milenaria, cuyos principios siguen siendo sorprendentemente válidos en el siglo XXI. El resto del libro lo componen 113 recetas saludables y sabrosas, explicadas de una manera sencilla y muy adecuada incluso para quienes no tienen conocimientos culinarios.
Lo primero que sorprenderá al lector es saber que se trata de un libro de cocina mediterránea, puesto que no existe una cocina budista como tal. Los budistas entienden que deben adaptarse al medio en el que viven; en este caso el Mediterráneo, y su cocina es una práctica que indiscutiblemente beneficia al organismo humano. Sería absurdo pretender alimentarse según los criterios del budismo tibetano, con una gastronomía adaptada a las altas montañas en las que no brotan hortalizas, y en la que la carne de yak y su leche son partes fundamentales de la dieta, a la cocina tailandesa con numerosas frutas tropicales que aquí se desconocen.
Se plantea en el libro la conveniencia de seguir una dieta estrictamente vegetariana. Aún sin descartar la carne o el pescado como ingredientes, los budistas recomiendan una alimentación basada fundamentalmente en productos vegetales, prestando particular atención a la época del año en que comemos cada cosa; por ello las recetas del libro están agrupadas por temporadas.
La alimentación según el budismo
Son numerosas las voces que alertan de que no nos alimentamos correctamente. Con su Manual de Cocina para la Felicidad los Monjes Budistas dan un paso más allá y muestran un camino sencillo para convertir el acto cotidiano y mecánico de la alimentación en una fuente de salud y energía para el organismo; en definitiva, proponen buscar la felicidad a través de los alimentos.
El budismo es una filosofía de vida, y sus practicantes no se dedican al proselitismo. Su meta no es conseguir conversiones sino mostrar un camino que ayude a los seres humanos a salir del sufrimiento. Como señalan los monjes, “su práctica nos acerca a aquello que nos hace sentir bien y nos aleja de lo contrario.” Este libro, lejos de buscar adeptos a una causa, pretende hacernos reflexionar sobre la alimentación: algo que llevamos a cabo tres veces al día y que, según la visión budista, es el acto de transformar la energía exterior, en energía interior. ElManual de Cocina para la Felicidad examina todo aquello que interviene en la alimentación: la compra y selección de alimentos, la manera de prepararlos, o la actitud a la hora comer; también da indicaciones para realizar una buena digestión y eliminación.
Los monjes budistas proponen unos sencillos cambios en nuestros hábitos para transformar la toma de alimentos en un proceso saludable. Y el primer hábito que hay que cambiar es el de concebir la alimentación como algo trivial y que se realiza sin un mínimo de concentración necesaria.
Cree el budismo que nuestro estado de ánimo se transmite a las acciones que efectuamos y a los objetos que tocamos. Por ello, una comida preparada con distracción, apresuradamente o con mal humor transmitirá energía negativa a quien la ingiera. Lo mismo sucederá si al sentarnos a la mesa no dedicamos la atención necesaria al acto de ingerir alimentos; acto que no por repetido es intrascendente. Los monjes inciden aquí en dos aspectos fundamentales: en primer lugar recomiendan que “cada vez que nos dispongamos a comer hagamos un ejercicio de relajación (unos segundos de silencio bastan), que nos permita apartar de nuestra mente cualquier otro pensamiento que no sea el de alimentar nuestro organismo y, por ende, nuestro espíritu”. Tan importante como la relajación inicial es la concentración en el acto que se está llevando a cabo: “el ser humano es el único animal que hace otra cosa mientras se alimenta”. Aconsejan los budistas (al igual que los especialistas médicos) que la hora de la comida esté exenta de tensiones; y alertan sobre la tan extendida costumbre de comer ante el televisor: “si uno observa las desgracias mostradas en el telediario o mira una película violenta(…), en la medida en que estamos echándonos algo a la boca mientras nuestros ojos devoran agresividad, nosotros mismos nos convertimos en seres agresivos, al menos durante ese periodo”. La filosofía budista respecto a la alimentación nos recuerda que aunque estemos acostumbrado a ello, el tener a diario los alimentos en nuestra mesa es fruto del esfuerzo y dedicación de un conjunto de personas, desde el agricultor, al transportista, el tendero o el cocinero que los preparó; igualmente no está de más recordar que el acceso a los alimentos tres veces al día es un privilegio, y que nos enfrentamos a la paradoja de un mundo occidental mal alimentado por prisas y excesos que con frecuencia olvida a sus vecinos pobres, malnutridos por una injusta distribución de los recursos alimenticios del planeta.
¿Feng Shui en la cocina?
Afirman los monjes que “la cultura china ha sabido desarrollar técnicas más que acertadas para la disposición de los distintos elementos de la cocina, así como del comedor y de cualquier otro lugar por donde discurran los alimentos (…) El feng shui pretende que las personas vivan en armonía con los elementos de la naturaleza y con las energías que éstos desprenden”. Feng shui es una expresión constituida por dos pictogramas cuyo significo es “observar los cielos y mirar la tierra”. Cocina para la Felicidad además de ofrecer una somera explicación de qué es el feng shui, da una sencillas pautas de cómo aplicar sus principios a la cocina y al comedor, lugares en los que se transforman los alimentos, y por ende las energías.
de Monjes Budistas. Y yo digo que no se equivocan.
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